ESTRATEGIAS DE MEJORAMIENTO PRIMER PERIODO
Estudiante
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Grupo
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NOVENO
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Área o Asignatura
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CASTELLANO
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Fecha:06/10 /18
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ENTREGAR LOS DÍAS 17-18 DE OCTUBRE / 2018
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Profesor(a)
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XIOMARA MOSQUERA
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INSTRUCIONES:
1. Lee detenidamente cada texto
2. Realizar el argumento y comentario critico de cada uno
2. Realizar el argumento y comentario critico de cada uno
4. Presentar trabajo en hojas de bloc tamaño carta
5. Copiar con tinta negra, sin enmendaduras ni tachones
5. Tener en cuenta las normas APA
SUSTENTAR POR ESCRITO
SUSTENTAR POR ESCRITO
TALLER DE COMPRENSIÓN LECTORA
a.
LA CAJITA DE PANDORA
Así como Pandora guardó la esperanza en su cajita, ese sentimiento que
todo hombre guarda dentro de sí por mucho que todo parezca perdido.
Así mismo, yo en mi cajita siempre guardé y guardo preciosamente la
esperanza de tenerte a mi lado un buen día.
Pandora no supo guardar en su cajita más que la esperanza todo lo demás
lo dejó escapar…
Yo en mi cajita sabré guardar más que la verde esperanza.
Guardaré tu amor, tu cariño, tu dedicación, tus más bellos detalles, tus
palabras suaves, tus caricias, Tus besos, tus deseos, todos tus secretos.
Guardare junto a todo lo que es tuyo mis más bellos y sinceros
sentimientos de amor hacia ti.
Haré que todos nuestros sentimientos más puros se mezclen en un
arco-iris de ilusión e infinita pasión.
Seré tu amiga, Tu amante, tu esposa, seré aquella por la que suspiras,
por la que sonríes, por la que eres feliz con tan solo oír su voz, su sonrisa,
Por la que la vida te parece más fácil de llevar por el simple
hecho de no estar solo.
Quiero guardar en mi cajita todo cuanto a ti te haga feliz.
Envolver en un pañuelo de seda todos mis más profundos sentimientos
y guardarlos en mi cajita junto con la esperanza.
Solo tú con tu llave maestra puedas beneficiar tu corazón con la paz y
felicidad que tengo dentro de ella.
Nuestra cajita de Pandora serás nuestro santuario del Amor,
Nuestro oasis de paz, será nuestro mana.
Guardare en mí la esperanza de ser siempre para ti la mujer más deseada,
más esperada, más amada,
la única que sabe culminar tus más preciados deseos
y entregaré toda mi alma para que siempre sientas en ti que es y será
así.
Que bonito es el color de la esperanza cuando uno siente la ilusión de
tener al ser amado junto a su corazón.
“ALGO MUY GRAVE VA A SUCEDERLE A ESTE
PUEBLO”
Gabriel García Márquez
´”Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que
tiene dos hijos, uno de 19 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y
tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella
les responde: ‘No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy
grave va a sucederle a este pueblo’.
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una
carambola sencillísima, el otro jugador le dice: ‘Te apuesto un peso a que no
la haces’. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su
peso y todos le preguntan qué pasó, ¡si era una carambola sencilla! Y él
contesta: ‘es cierto, pero me he quedado preocupado de una cosa que me dijo mi
madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo’.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa,
donde está con su mamá, feliz con su peso y le dice: Le gané este peso a Dámaso
en la forma más sencilla, porque es un tonto. ¿Y por qué es un tonto? Porque no
pudo hacer una carambola sencillísima, según el preocupado con la idea de que
su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este
pueblo. Y su madre le dice: No te burles de los presentimientos de los viejos,
porque a veces ocurren.
Una pariente que estaba oyendo esto y va a comprar carne. Ella le dice
al carnicero: ‘Deme un kilo de carne’, y en el momento que la está cortando, le
dice: Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo
mejor es estar preparado’. El carnicero despacha su carne y cuando llega otra
señora a comprar un kilo de carne, le dice: ‘mejor lleve dos porque hasta aquí
llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y
comprando cosas’. Entonces la vieja responde: ‘Tengo varios hijos, mejor deme
cuatro kilos…’ Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré
que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda
y se va esparciendo el rumor.
Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que
pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde,
alguien dice: ¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo? ¡Pero si en este
pueblo siempre ha hecho calor! Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha
hecho tanto calor. Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor. Sí,
pero no tanto calor como hoy. Al pueblo, todos alerta, a la plaza desierta,
baja de pronto un pajarito y se corre la voz: ‘Hay un pajarito en la plaza’. Y
viene todo el mundo espantado a ver el pajarito. Pero señores, dice uno siempre
ha habido pajaritos que bajan aquí. Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo que todos
están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. Yo sí, soy muy
macho -grita uno-. Yo me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los
mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve.
Hasta que todos dicen‘Si este se
atreve, pues nosotros también nos vamos’. Y empiezan a desmantelar literalmente
el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que
abandona el pueblo, dice: ‘Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda
de nuestra casa’, y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio
de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su
lado: ¿Viste mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?.
EL
OTRO YO, un cuento de Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)
Se trataba de un muchacho corriente:
en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido
cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba
Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la
mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en
los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse
incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y
debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió
lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba
Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con
desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después
se rehízo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la
mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre
Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese
pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto,
cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad.
Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e
inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él,
ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a
escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a
la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no
pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado
el Otro Yo.
Maravillas de la voluntad
[Mini cuento - Texto completo.]
Octavio Paz
A las tres en punto don Pedro llegaba
a nuestra mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes, pronunciaba para sí
unas frases indescifrables y silenciosamente tomaba asiento. Pedía una taza de
café, encendía un cigarrillo, escuchaba la plática, bebía a sorbos su tacita,
pagaba a la mesera, tomaba su sombrero, recogía su portafolio, nos daba las
buenas tardes y se marchaba. Y así todos los días.
¿Qué decía don Pedro al sentarse y al
levantarse con cara seria y ojos duros? Decía:
-Ojalá te mueras.
Don Pedro repetía muchas veces al día
esa frase. Al levantarse, al terminar su tocado matinal, al entrar o salir de
casa -a las ocho, a la una, a las dos y media, a las siete y cuarto-, en el
café, en la
Oficina, antes y después de cada
comida, al acostarse cada noche. La repetía entre dientes o en voz alta, a
solas o en compañía. A veces solo con los ojos. Siempre con toda el alma.
Nadie sabía contra quién dirigía
aquellas palabras.
Todos ignoraban el origen de aquel
odio. Cuando se quería ahondar en el asunto, don Pedro movía la cabeza con
desdén y callaba, modesto. Quizá era un odio sin causa, un odio puro. Pero
aquel sentimiento lo alimentaba, daba seriedad a su vida, majestad a sus años.
Vestido de negro, parecía llevar luto de antemano por su condenado.
Una tarde don Pedro llegó más grave
que de costumbre. Se sentó con lentitud y en el centro mismo del silencio que
se hizo ante su presencia, dejó caer con simplicidad estas palabras:
-Ya lo maté.
¿A quién y cómo? Algunos sonrieron,
queriendo tomar la cosa en broma. La mirada de don Pedro los detuvo. Todos nos
sentimos incómodos. Era cierto, allí se sentía el hueco de la muerte.
Lentamente se dispersó el grupo. Don Pedro se quedó solo, más serio que nunca,
un poco lacio, como un astro quemado ya, pero tranquilo, sin remordimientos.
No volvió al día siguiente. Nunca
volvió. ¿Murió? Acaso le faltó ese odio vivificador. Tal vez vive aún y ahora
odia a otro. Reviso mis acciones. Y te aconsejo que hagas lo mismo con las
tuyas, no vaya a ser que hayas incurrido en la cólera paciente, obstinada, de
esos pequeños ojos miopes. ¿Has pensado alguna vez cuántos -acaso muy cercanos
a ti- te miran con los mismos ojos de don Pedro?
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